El pueblo se despierta con el murmullo de un río que no encuentra prisa. En la plaza, los cafés abren sus sillas a la luz pálida y a los hombres que discuten sin apuro sobre el clima y las cosechas. En un extremo, bajo la sombra de un tamarindo, está él: el tonto del pueblo, con las mangas remangadas y una sonrisa que no pide permiso. No es la burla la que le acompaña, sino una especie de ternura que lo convierte en paisaje humano, parte del mapa sentimental de la localidad.